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Salud mental y sordera


Las personas con discapacidad se van encontrando con menos barreras en la sociedad a medida que avanza la sensibilización y las nuevas tecnologías, pero aún hay mucho que hacer al respecto. La principal barrera con la que se encuentran las personas con discapacidad auditiva diariamente es la barrera de la comunicación. Además, el colectivo de personas con discapacidad auditiva es muy heterogéneo: diferentes tipos y grados de sordera, formas de comunicación, ayudas técnicas utilizadas, etc. Muchas personas logran derribar muchas de estas dificultades diarias, gracias a la lengua de signos y la figura del Intérprete de Lengua de Signos, o a la utilización de ayudas técnicas (como los audífonos o implantes cocleares). Pero ¿qué ocurre con el resto de personas con discapacidad auditiva que no entran dentro de estos perfiles?     

En el ámbito de la salud, el uso del lenguaje es fundamental, pero lo es aún más si nos centramos en la salud mental, ya que es el instrumento de diagnóstico y de tratamiento. Sabiendo que la principal barrera con la que se encuentran las personas con sordera es la de comunicación, ¿deberíamos dar por hecho que las unidades de salud mental de nuestro país están adaptadas para atender de una manera adecuada a este colectivo? ¿Existe en la sociedad actual la información y sensibilización necesaria al respecto? ¿Cómo repercuten estos aspectos en el desarrollo y la salud mental de las personas con esta discapacidad?

Según estudios realizados, la prevalencia de alteraciones mentales en la población de personas con discapacidad auditiva es significativamente mayor, para todas las edades, que la prevalencia de estos mismos trastornos en la población general. Las principales causas de esta mayor prevalencia son: carencias en los vínculos padre/madre – hijos/as (el 90% de niños/as con sordera tienen padres oyentes), dificultades de interacción, sobreprotección parental, malos resultados educativos y dificultades laborales, errores de diagnóstico y ausencia de atención especializada.

Otros estudios realizados en población con sordera explican la existencia de una estrecha relación entre la sordera y la aparición de estados psicológicos concretos, como la angustia, la ansiedad, la soledad o la depresión. Sin embargo, las dificultades de audición no son una causa directa de estos estados, sino la barrera comunicativa que esto provoca con el consiguiente aislamiento y falta de adaptación.

Debido a esta incidencia, en el ámbito de la salud mental existen sociedades dedicadas concretamente al estudio de los pacientes con discapacidad auditiva, (especialmente a los sordos prelocutivos que se expresan en lengua de signos), como por ejemplo la ESMHD (European Society for Mental Health and Deafness).

La escasez de unidades de salud mental especializadas para personas sordas influye negativamente en la evolución de los trastornos mentales de las mismas. Estas unidades especializadas evitarían en gran medida una deficiente atención sanitaria, así como errores en los diagnósticos y tratamientos. En nuestro país se ha comenzado a crear algunas unidades específicas para el colectivo de personas sordas (la Unidad de Salud Mental para Personas Sordas (USMS) en el Hospital Gregorio Marañón de Madrid, creada en 2002, o la Unidad de Salud Mental y Discapacidad Auditiva del País Vasco, en el Hospital Universitario de Basurto de Bilbao, creada en 2013) pero son muy inferiores a las necesarias teniendo en cuenta la proporción de población con sordera.

Es evidente que para disminuir la incidencia de alteraciones en la salud mental de este colectivo, sería más importante atender el problema desde su raíz: continuar mejorando un pilar básico como es la educación, la accesibilidad, promover el aprendizaje de la lengua de signos de la población general y fomentar la sensibilidad en todos los ámbitos.