La pérdida de audición continúa siendo una de las condiciones más asociadas al envejecimiento. Con el paso de los años, el sistema auditivo experimenta un desgaste progresivo que puede derivar en lo que se conoce como presbiacusia, una disminución de la capacidad para oír que afecta especialmente a la comprensión del habla. Según la Organización Mundial de la Salud, más del 25% de las personas mayores de 60 años presenta algún grado de pérdida auditiva, una cifra que aumenta significativamente a partir de los 75 años.
Desde el Servicio de Información, Valoración y Orientación (SIVO) de Funcasor, se observa cómo esta realidad tiene un impacto directo en la calidad de vida de las personas mayores. La dificultad para mantener conversaciones, especialmente en entornos con ruido, puede generar aislamiento social, pérdida de autonomía e incluso afectar al estado emocional. De hecho, diversos estudios relacionan la pérdida auditiva no tratada con un mayor riesgo de deterioro cognitivo y soledad no deseada.
Sin embargo, en paralelo a esta realidad vinculada al envejecimiento, comienza a emerger una tendencia preocupante: cada vez más personas jóvenes presentan signos de pérdida auditiva a edades tempranas. La Organización Mundial de la Salud estima que más de 1.000 millones de jóvenes en todo el mundo están en riesgo de sufrir pérdida de audición debido a prácticas de escucha inseguras, como el uso prolongado de auriculares a volúmenes elevados o la exposición frecuente a altos niveles de ruido en espacios de ocio.
Aunque los procesos y causas son diferentes, ambas realidades convergen en un mismo punto: la necesidad de prevención, detección precoz y acceso a recursos adecuados. En el caso de las personas mayores, es frecuente que la pérdida auditiva no se aborde hasta que ya está avanzada, normalizándose como una consecuencia inevitable de la edad. Esta percepción retrasa la búsqueda de ayuda y limita las posibilidades de intervención temprana.
Por ello, desde el SIVO se insiste en la importancia de realizar revisiones auditivas periódicas, especialmente a partir de los 60 años, así como en la utilización de ayudas técnicas cuando sean necesarias. Estas herramientas no solo mejoran la audición, sino que favorecen la participación social y el mantenimiento de una vida activa.



Asimismo, el servicio ofrece información y acompañamiento tanto a personas con pérdida auditiva como a su entorno, facilitando estrategias de comunicación y acceso a recursos especializados. La atención personalizada permite adaptarse a las necesidades de cada etapa vital, teniendo en cuenta que la pérdida de audición no afecta de igual manera a una persona joven que a una persona mayor.
El envejecimiento de la población hace prever un aumento de los casos en los próximos años. Al mismo tiempo, los hábitos actuales advierten que la pérdida auditiva dejará de ser una cuestión exclusivamente ligada a la edad. Cuidar la audición a lo largo de toda la vida se convierte, así, en un elemento clave para garantizar el bienestar presente y futuro. Porque oír bien no es solo una cuestión de salud, sino también de conexión con el mundo que nos rodea.








