Desde nuestra niñez, la cocina era el lugar de la casa donde más tiempo pasábamos. Allí, no sólo se cocía el menú de toda la familia, también era un lugar para compartir, contar lo que había pasado en el colegio, donde se sentaban las visitas para tomar café y disfrutaban de un bizcochón casero.
Sin darnos cuenta, en la cocina comenzaba a cocinarse nuestra autonomía, dando pequeños pasos hacia la vida práctica: mientras poníamos y quitábamos la mesa, los platos en el fregadero, guardábamos en la despensa el pan que sobraba, barríamos el suelo, entre tantas cosas que conlleva el arte de cocinar y el placer de comer.
En el Centro Ocupacional Funcasor Helen Keller, nuestra cocina es un espacio para fomentar la autonomía, y cocinar nuestras capacidades para la vida práctica.
Todo comienza escogiendo la receta y haciendo la lista de la compra, teniendo en cuenta el presupuesto con el que contamos, de esta manera ponemos en marcha nuestras competencias matemáticas, reflexionamos sobre el ahorro en la cesta de la compra, aprendemos a tener en cuenta lo que queda en la despensa, y mientras tanto, vamos aprendiendo sobre economía doméstica, el consumo responsable y la cocina de aprovechamiento. Además, debemos calcular las proporciones de ingredientes, ya que las recetas suelen detallarse para cuatro personas y somos veintidós, y es que las operaciones matemáticas saben mejor cuando tenemos como objetivo disfrutar de un buen plato con el resto de las personas usuarias.
Después de la compra todas las personas nos ponemos en acción, mientras algunas colocan la compra en su lugar, otras van preparando los utensilios de cocina que son necesarios, otras colocan las mesas y sillas, los cubiertos, servilletas, vasos y platos. Y en la cocina con el delantal y la cofia puesta, encontramos a las personas que harán la receta, con las manos perfectamente lavadas y con muchas ganas de que la comida esté riquísima, buscando agasajar al resto de personas usuarias.
Todo sin olvidar reciclar la basura, conservar adecuadamente lo que sobra, dejar ordenada y limpia la cocina, aprender a utilizar algunos electrodomésticos, y trabajar con limpieza y seguridad.
Sin duda, la cocina es una zona para fomentar la autonomía, la atención, la concentración, la resolución de problemas, el razonamiento y la memoria. Nos permite trabajar el vocabulario, la secuencia de una tarea, el manejo del tiempo, manejar cantidades de alimentos, el orden lógico de un proceso de elaboración y procesamiento de alimentos, y habilidades sociales como el respeto hacia el resto de las personas que están trabajando en el mismo lugar, o el altruismo de cocinar para otras personas teniendo como única satisfacción ver cómo los demás disfrutan del plato.
Además, no hay que olvidar que nos sirve como terapia ocupacional, ya que se entrenan habilidades motrices para emplear utensilios cotidianos y desarrollar actividades básicas, así como descubrir utensilios adaptados que nos permiten que algunas tareas sean más fáciles, como, por ejemplo, un cuchillo con el mango curvo o un abridor de tapas. Mientras se cocina, limpia y recoge, se están manipulando continuamente herramientas y alimentos que requieren de toda la atención y coordinación de las manos, desarrollando habilidades de motricidad fina y gruesa, pero además también ayuda a desarrollar habilidades sensoriales con los diversos olores y texturas, la localización en el espacio al que deben adaptarse, y las diferentes temperaturas.
Pero, sin duda, lo mejor de la cocina son las caras de satisfacción de las personas usuarias al ver que son capaces de llevar a cabo una receta, la autosatisfacción del trabajo realizado, de saberse capaces de realizar tantas tareas básicas pero necesarias, y como no, de disfrutar de un buen plato después del trabajo realizado. Por ello, continuaremos introduciendo en nuestro menú actividades que favorezcan el desarrollo de la autonomía, promoviendo sus capacidades para ser personas autónomas en las actividades de la vida diaria.






