Según la Real Academia Española de la Lengua, «cultura» se define en unas de sus acepciones como conjunto de conocimientos que permite a alguien desarrollar su juicio crítico. Sin embargo, desde un punto de vista más antropológico, podemos resumir la cultura como la manera de entender el mundo por parte de un grupo de personas, ya esté este delimitado por cuestiones geográficas, de género, de culto o por cualquier otra circunstancia.
Esto se hace patente en la riqueza del lenguaje, donde cada cultura desarrolla el suyo y lo adecúa a su cotidianeidad, encontrando continuamente vocablos en unos idiomas que no tienen cabida en otros, ya sea porque no contemplan la misma realidad o porque no ha sido necesario desde un punto de vista adaptativo.
Hoy pondremos el foco en palabras inspiradoras o curiosas que existen en otros idiomas, pero que no existen en el castellano o que en España se necesita una expresión para poder significarlas y veremos cómo esto también se traduce a las lenguas de signos.
Por ejemplo, en Filipinas existe la palabra kilig, que hace referencia a la sensación de euforia que sientes cuando se habla con la persona que te gusta. Recientemente hemos adoptado el anglicismo de crush para hacer referencia a esa persona que tanto te gusta, pero sigue sin haber un neologismo que resuma ese sentimiento.
En tierras europeas también hay palabras que no tienen traducción en español. ¿Quién no
ha sentido añoranza por un lugar en el que no ha estado o una época que no le ha tocado vivir? Las personas en Alemania lo llaman Fernweh.
Estas características culturales no solo se aplican a palabras que condensan en una sola palabra un significado para lo que en España deberíamos usar, como mínimo, una expresión. Desde un punto de vista adaptativo, el idioma de cada lugar ha evolucionado conforme a lo que la sociedad necesita reflejar. Así, por ejemplo, encontramos el finés con nada menos que 40 palabras que hacen referencia a la nieve.
Y, ¿qué ocurre con las lenguas de signos? Exactamente lo mismo. Hay casos de cómo reflejan fielmente los aspectos culturales de una sociedad. Aquí mencionaremos solo un ejemplo especialmente gráfico y cotidiano. El signo de «comer» en occidente se realiza con los dedos juntos llevándolos a la boca. Mientras, en países orientales reflejan su tradición de usar palillos para la ingesta de alimentos colocando los dedos índice y corazón como si fueran palillos y aproximándolos a la boca.
Esta particularidad de esta lengua también se hace patente en la capacidad de concreción en un solo signo términos que en lengua castellana requieren de varias palabras debido a su abstracción. Aquí encontramos una serie de signos para definir algo que en castellano necesitaríamos de una descripción de la idea:
– Cambiar de idea: mano con los dedos en forma de v se gira sobre la frente.
– Liarse la manta a la cabeza: Como vemos en la imagen, lo podemos resumir en un solo signo.
Por otro lado, nos encontramos con los clasificadores. Aquí mostramos la capacidad de las lenguas de signos para ofrecer información de manera simultánea. Son capaces de condesar información sobre una acción con un solo movimiento de las manos. Ofrecen información acerca de la posición en el espacio, la direccionalidad de la acción, el orden de las acciones o la velocidad de las mismas.
En la siguiente imagen se puede observar que un coche chocó contra un árbol con un solo movimiento de una de las manos.
Todos ellos ejemplos de cómo la lengua de signos española es una lengua con todas las letras, y ¡está más viva que nunca!





